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Hollywood no es el mejor lugar para iluminar la historia. “Veinticinco años de cine” -decía el escritor y libretista Ben Hecht- “han plantado más desinformación en la mente de la gente que toda la Edad Media.”
Dentro de la enorme cantidad de riesgos que corre el planeta y la humanidad hay uno que es especialmente peligroso y que no recibe el tratamiento que se merece: Se trata de los riesgos originados por la potencialmente peligrosa substancia DHMO.

Si quiere conocer detalles de los peligros involucrados, lea atentamente este sitio especializado (en inglés):
Dihydrogen Monoxide Research Division - dihydrogen monoxide info
Lamentablemente muy pocos colaboradores han intentado brindar versiones en castellano sobre la peligrosa situación que la discusión de los riesgos del DHMO pone en evidencia. Uno de los mejores esfuerzos en esto está en la Frikipedia: DHMO. Mis felicitaciones a los colaboradores que pusieron esta importante información en nuestra lengua.
![]()
Este sitio está libre de DHMO.
Continúo con el artículo de Andrew Keen que comencé a traducir en este post.
Con el potencial que nos confiere la Web 2.0, todos podemos convertirnos en ciudadanos-periodistas, ciudadanos-videógrafos, ciudadanos-músicos. Con el poder obtenido de esta tecnología podemos escribir por la mañana, dirigir películas por la tarde y componer música por la noche.
¿Suena familiar? Es extrañísimamente parecido a la seductora promesa de Marx acerca de la auto-realización del individuo, que éste expusiera en “La ideología alemana”:
«Mientras que en la sociedad comunista, donde nadie tiene una esfera exclusiva de actividad pero cada uno puede verse envuelto en aquélla que desee, la sociedad regula la producción general y así hace posible que yo haga una cosa hoy y otra mañana; cace por la mañana, pesque al mediodía, críe ganado por la tarde, critique después de la cena, así como tengo una mente, sin nunca convertirme en cazador, pescador, pastor o crítico.»
De la misma manera que Marx sedujo a una generación de idealistas europeos con su fantasía de auto-realización dentro de una utopía comunista, así el culto que la Web 2.0 hace de la auto-realización creativa ha seducido a todos en el Silicon Valley. El movimiento recorre un abanico desde los radicales contra-culturales de los ‘60 como Steve Jobs hasta el tecno-raye contemporáneo del Google de Larry Page. Entre estas “cubiertas” del libro, Jobs y Page, yace el resto del Silicon Valley incluyendo comunitaristas radicales como Craig Newmark (de craiglist.com), comunistas de la propiedad intelectual como el profesor de Leyes de Stanford Larry Lessig, adalides de la infinita abundancia económica como el editor en jefe de la revista Wired Chris “Long tail*” Anderson, y nuevos potentados de los media como Tim O’Reilly y John Batelle.
La ideología del movimiento de la Web 2.0 fue perfectamente sintetizada en el encuentro Technology Education[sic] and Design (TED) de Monterey, el año pasado, cuando Kevin Kelly, hiper-idealista del Silicon Valley y autor de la utopía de la Web 1.0 Ten Rules for The New Economy (Diez reglas para la nueva economía), declaró:
«Imaginen a Mozart antes de la tecnología del piano. Imaginen a Van Gogh antes de la tecnología de las pinturas al óleo a bajo precio. Imaginen a Hitchcock antes de la tecnología del cine. Tenemos la obligación moral de desarrollar tecnología.»
Pero donde Kelly ve una obligación moral de desarrollar tecnología, tenemos en realidad -si realmente nos interesan Mozart, Van Gogh y Hitchcock-, la obligación moral de cuestionar el desarrollo de tecnología.
Las consecuencias de la Web 2.0 son intrínsecamente peligrosas para la vitalidad del arte y la cultura. Su promesa de potenciación juega y se traslapa sobre ese legado de los ‘60, ese narcisismo rampante que Christopher Lasch describiera tan anticipatoriamente, con su foco obsesivo en la realización del yo.
Otro término para el narcisismo es “personalización”. La Web 2.0 personaliza la cultura de manera tal que nos refleje a nosotros mismos más que al mundo que nos rodea. Los blogs personalizan el contenido de los media de tal manera que lo único que leemos son nuestros propios pensamientos. Las tiendas en línea personalizan nuestra propias preferencias, dándonos en respuesta nuestro propio gusto. Google personaliza nuestras preferencias de manera que lo único que vemos son publicidades de productos que ya consumimos o servicios que ya utilizamos.
En lugar de Mozart, Van Gogh o Hitchcock, todo lo que obtenemos de la revolución de la Web 2.0 es más de nosotros mismos.
* Por su famoso blog “The Long Tail Blog”
Continúa en este post.
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